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La educación ilusoria

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Tanto gasto, esfuerzo y tiempo invertidos en actividades académicas y extra escolares, y ¿para qué?

Cualquier padre de familia me contestaría que todo esto es con el fin de asegurar la buena educación de sus hijos, una que les garantice un sustento económico digno y en general una vida óptima a futuro. Creo totalmente en la honestidad de los padres cuando los escucho decir esto; por lo que me siento un poco incómoda de que al expresar mi punto de vista acerca de la mayor parte de la oferta educativa que existe actualmente en nuestro país pueda llegar a romper esa burbuja de la ilusión de “la formación para la vida” que se supone que sus hijos están recibiendo en los centros educativos a los que asisten diariamente a clases.

Lo siento mucho, es tanta la frustración que he experimentado a lo largo de este ciclo escolar cuando veo las fotos en las redes sociales de los grandiosos eventos académicos y culturales, los cuadros de honor, las boletas de calificaciones y las competencias en que participan toda diversidad de estudiantes, -amigos o familiares de mis contactos- que cursan desde el nivel de maternal hasta posgrado, que siento la necesidad…¿Necesidad?, más bien, la responsabilidad moral de compartir mis impresiones acerca de lo que considero es la falsa promesa de la mayoría de las escuelas en la actualidad.

Una gran influencia en la manera en que las escuelas definen el abordaje de la enseñanza en sus centros tiene que ver con una ideología basada en “Antes es Mejor” y “Más es Mejor”, la cual ha ido echando raíces muy sólidas desde la Era Industrial. Ha sido tal la diseminación mercadológica de esta ideología desde las esferas políticas más altas que estas creencias se han aceptado como verdades irrefutables, tanto que una gran parte de los padres y maestros consideran que las “mejores” escuelas son aquellas en las cuales se les enseña a leer y escribir a los niños lo más pronto posible, en donde los alumnos cubren más contenido, llevan más libros, pasan alto número de horas estudiando para exámenes cada vez más rigurosos, tienen más tareas y horarios de clases más extendidos, en algunos casos, llegando a ser escuelas de tiempo completo.

Y ¿en qué se basan estas escuelas para asegurar a los padres de que realmente están cumpliendo con la promesa de una buena educación bajo este esquema? Se apoyan fuertemente en procesos de estandarización aplicados a los procesos de instrucción y la evaluación. En pocas palabras “todos se miden con la misma vara”. A simple vista, esto podría sonar como una educación muy justa y equitativa pues a todos se les enseña tomando en cuenta los mismos objetivos de aprendizaje, las mismas actividades y contenidos, los mismos libros, tareas y exámenes; pero lo que podría sonar muy lógico aplicado a organismos, elementos, objetos o lo que sea que tiene las mismas propiedades o características, no funciona con entes que son tan sofisticados, complejos y diversos tanto física, como emocional, mental y socialmente como nosotros, los seres humanos.  Una educación justa y equitativa en este sentido es, pues, una que respeta y parte del reconocimiento de esta gran diversidad.

De esta manera, es más favorecedor para los estudiantes:

  • El respeto de sus características y capacidades físicas. Por ejemplo, respeto de su lateralidad en lugar de hacer que todos sean “diestros” (No estamos en el siglo XIX, ni siquiera en el XX, pero aún conozco a padres que se angustian porque sus hijos son zurdos y presionan a los niños con la ayuda del profesor para que hago uso sólo de la mano derecha).
  • La enseñanza con una variedad de estrategias y recursos pues todos tienen diferentes estilos de aprendizaje en lugar de querer que todos aprendan por medio de la clase magistral del profesor (sólo por medio auditivo).
  • La implementación de una variedad de instrumentos de evaluación que tienen un mayor alcance para identificar el grado de desarrollo de habilidades del pensamiento en lugar de basarse principalemente en el tradicional examen cuyo diseño por lo general no está adecuadamente alineado a los objetivos de aprendizaje con los que se trabajó en clase y que miden los niveles cognitivos más básicos como la memorización y la comprensión y en muy pocos casos, la aplicación.
  • El apoyo en una variedad de fuentes de información para consultar y contrastar puntos de vista (libros de texto y de consulta, revistas, periódicos, sitios válidos en internet, ensayos, videos, audios, entrevistas, observaciones, entre otros) en lugar de sólo considerar los libro de texto adquiridos para el ciclo escolar.
  • El aprendizaje con actividades que toman en cuenta las inteligencias múltiples en lugar de actividades que se enfocan a la concepción tradicional de la inteligencia como habilidades de tipo matemático y lingüístico.
  • El respeto por sus tiempos y niveles de maduración individuales en lugar de presionar a que todos desarrollen aprendizajes para los cuales, algunos alumnos aún no están preparados a nivel biológico. La mayoría de los niños de la misma edad van a alcanzar los mismos  hitos del desarrollo dentro de un rango de tiempo determinado, algunos antes y otros unos meses después, pero esto no tiene nada que ver con la capacidad intelectual, son cuestiones de la naturaleza. ANTES no es mejor, es preferible JUSTO A TIEMPO. Así como cada semilla en tu jardín va a germinar con cierta variación en tiempo, las plantas van a crecer con diferencias de tamaño, número de hojas, color, van a brotar diferente número de flores en cada una de ellas y en diferentes momentos. Tú puedes manipular y controlar algunas variables al respecto, pero básicamente debes estar al pendiente de las diferentes etapas naturales de su desarrollo para proveerle de lo que requiere para crecer y mantenerse sana. Algo parecido pasa con los niños, todos florecerán tarde que temprano bajo la guía del docente que entiende sus procesos de desarrollo y está listo para proveerle del estímulo que necesita justo en el momento adecuado para seguir creciendo en todas las áreas de su persona. En cambio, el desarrollo de un niño en manos de un docente que impone y presiona algo para lo que los niños no están listos por lo general resulta en estrés, baja de motivación, aversión por la escuela y por aprender, porque si eso es aprender, en definitiva, no lo desean. Muy tristemente les comento que he visto cómo algunas de estas flores del jardín se van marchitando con el paso del tiempo por falta de estos cuidados.
  • El aprendizaje en una escuela inclusiva en donde se aceptan y se respetan a todas los niños y sus familias independientemente de sus posturas religiosas y políticas, raza, físico, situación socioeconómica,  idioma, cultura, condiciones de salud, entre otros.
  • La noción de que TODOS tienen un potencial a desarrollarse en tantas áreas tan diferentes, que no puede encajonarse a la limitada idea del desempeño de tipo académico asociado a la adquisición de un alto volumen de conocimiento de tipo disciplinario, así como precisión y rapidez matemática y lingüística.

Sobre este último punto, ¿se han dado cuenta que en la mayoría de las escuelas los alumnos que obtienen las más altas calificaciones y los que se encuentran en el cuadro de honor son aquellos que obtienen los mejores resultados en los exámenes y actividades en clase? Esto es realmente descorazonador, ya que por lo general son los mismos alumnos los que tienen la oportunidad de experimentar el éxito académico –los que tienen inteligencias lógico-matemático y lingüísticas más desarrolladas-, ya que los otros tipos de inteligencia (kinestésico, visual, musical, interpersonal, intrapersonal y naturalista) no son tomados en cuenta en las evaluaciones.  De hecho, en mis más de 20 años de experiencia en el campo de la educación, he podido ver que los niños que tienen una preferencia de aprendizaje muy marcada a través del movimiento (kinestésico) son los que más suelen sufrir en un ambiente de aprendizaje tradicional, ya que este se sustenta en otra falsa creencia: Que los niños deben estar sentados y callados para aprender mejor. Estos niños por lo general suelen ser tachados de niños “problema” y suelen diagnosticarse demasiado a la ligera con déficit de atención con hiperactividad. Son continuamente rechazados por sus profesores y compañeros hasta el grado de ser expulsados, en muchas de las ocasiones, de más de una escuela.

Estamos demasiado inmersos en una cultura educativa de apariencias, en donde les enseñamos a los niños a pretender ser “inteligentes” por medio del logro de más altas calificaciones, el triunfo en concursos, la preocupación por cubrir más volumen de trabajo académico y dedicar más tiempo al mismo durante clases y en casa.  ¿Se han dado cuenta de que los alumnos que tienen una historia de éxito académico a lo largo de su paso por el sistema educativo nacional, no son necesariamente los que tienen el mejor empleo, no son casi siempre los que emprenden su propio negocio, ni los que tienen la vida más satisfactoria?, ¿se han dado cuenta que no hay una relación o tendencia en ese respecto?

Otro aspecto que quiero puntualizar es que la motivación por alcanzar estos estándares de desempeño académico está muy sustentada en la búsqueda del reconocimiento y la gratificación inmediata; factores externos al estudiante. ¿Cómo creen que serían la motivación de los estudiantes si se les enganchara a partir de sus intereses, sus características y todo el bagaje con el que ya viene a la escuela; en pocas palabras, una educación centrada en el aprendiz más que en los contenidos y las actividades?

Y tal vez no lo sepan, pero tenemos varios años con los puntajes entre los más bajos en los exámenes PISA de ciencias, matemáticas y lectura en relación a los demás países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).  Este es uno de los exámenes estandarizados más reconocidos internacionalmente por medir de manera algo más objetiva el aprendizaje de estudiantes de 15 años en niveles cognitivos más elevados. Si hemos mantenido este bajo rendimiento de manera sostenida a lo largo de varios años, ¿no creen que es un indicador de que es momento de hacer un cambio realmente significativo en la educación que se ofrece en nuestro país?

A lo largo de mi tiempo en el campo de la educación en México y en el extranjero he podido ver cómo hemos llegado a este punto, a este círculo vicioso en el que la escuela se ha apoyado de la mercadotecnia para crear la ilusión de una educación de calidad a través de pancartas que anuncian sus primeros lugares en las pruebas estandarizadas nacionales y otros concursos sin rigurosidad educativa real, anuncios en donde apenas cabe toda la información de todo lo que ofrecen entre ellos múltiples programas adicionales y academias extra clase, fotos en las redes sociales de sus elaborados eventos, alumnos con las medallas de triunfos académicos y deportivos,  niños usando tablets y las denominadas “clases muestra” que por lo general son montajes ensayados que buscan representar de manera engañosa lo que sería una clase estándar un día cualquiera –nada lejos de la verdad-.

Pero, sinceramente no dejo de preguntarme cómo es que los niños participan en ferias de la ciencia, pero no están desarrollado un pensamiento científico; participan en festivales u otros eventos en torno a la lectura, sin embargo, no han desarrollado un amor real por los libros; llevan cursos de valores y aún siguen sin transferirlos de manera satisfactoria a su vida personal; forman parte en espectáculos artísticos muy llamativos y nuestros niños no han logrado una mayor apreciación de la cultura o las artes, ni el desarrollo sostenido de competencias artísticas como medio de expresión individual y colectivo. Usan constantemente la tecnología, aunque básicamente para propósitos de entretenimiento, socialización y como consumidores pasivos de información, en lugar de aprovechar este poderoso medio para solucionar problemas, aprender y generar contenidos de alto valor. Trabajan en equipo y llevan muchísima tarea y libros, pero no son capaces de trabajar armónicamente con personas con diferentes perfiles y puntos de vista, ni de aprender con gusto por cuenta propia.

En pocas palabras, tanto gasto, tanto esfuerzo y tiempo invertidos en actividades académicas y extra escolares y la escuela sigue sin poder ejercer la gran influencia que podría tener para apoyar a nuestros niños y adolescentes a desarrollar al máximo sus potencialidades, a transformarse en personas libres de pensamiento, responsables de su acción y conscientes de la gran influencia que pueden tener como ciudadanos de México y el mundo.

Con este escrito no busco agitar un dedo acusador apuntando a las escuelas, ni buscar culpables, pues todos -gobierno, padres, sociedad, alumnos, directivos- formamos parte de este sistema y contribuimos a la preservación del status quo, ya sea por falta de “conciencia de enfermedad” o porque atendemos a nuestros intereses muy particulares; en ambos casos, la situación es bastante preocupante.

Me nació escribir este artículo esta tarde a raíz del hartazgo. Su propósito fundamental es servir de un primer acercamiento por despertar conciencias en aquellos que se encuentren listos para abrir los ojos a lo que está pasando realmente en el panorama educativo en nuestro país y a aquellos que comparten esta percepción y están listos para generar ideas que nos permitan romper con este paradigma obsoleto que venimos arrastrando desde hace mucho tiempo.

Siéntanse libres, pues, de comentar sus impresiones, realizar propuestas o simplemente, compartir este escrito. Quejarse o culpar realmente no sirve para nada, sólo la crítica constructiva y la acción proactiva en conjunto pueden hacer realmente una diferencia.

Con respeto,

Jazmín

“Para sobrevivir, un sistema educativo debe aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia su entorno”. – Ley de Revans


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